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2010-09-01 issue:

Reflexión pastoral por Dr. Zorrilla

Celebrando la esperanza viva en Cristo, 1ª Pedro 1:3-9

by Carlos Hugo Zorrilla C.

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Este artículo contiene las notas del Dr. Zorrilla, quien las comparte gentilmente con los lectores de Meno Acontecer. Las publicaremos en tres partes; esta es la primera.
 
Reunión de líderes Hispanos Menonitas de USA – Akron, 5-7 de agosto de 2010


Introducción – Desconozco la intención de los organizadores de este encuentro al escoger el título de estas charlas, e ignoro igualmente en qué esperanza se está pensando. Es fácil suponer que se trata de lo que esperamos en Cristo.

Lo evidente, de cara al texto bíblico, es que la esperanza vertebra toda la historia de la salvación a tal grado que Dios mismo irrumpe en nuestra historia como nuestra esperanza histórica. El tema en sí es rico en posibilidades y matices, abundante en enfoques que pueden balancearse entre un estudio exegético del texto bíblico, un enfoque teológico de énfasis apocalíptico, e incluso hasta un acercamiento popular evangélico que caiga en una comprensión de tipo biblia ficción en donde la Biblia se imagine y no se interprete, algo tan común hoy en día en las mega iglesias y entre los tele-evangelistas.

Yo me acerco, con mi trasfondo de exiliado voluntario, con mi bagaje de latinoamericano y creyente anabautista, al texto de 1ª de Pedro desde el primer enfoque: un estudio exegético. Mi propósito es que descubramos el sentido bíblico de la esperanza que nos convoca, nos provoca o incita a seguir en el camino y nos avoca a un estilo de liderazgo de servicio sacrificial en una sociedad donde se privilegia más la adulación, la popularidad, la búsqueda de privilegios y la méritocracia y se da la impresión de que nos gusta ser más líderes, más reverendos y reverendas y menos siervos y siervas, personas seguidoras de Jesús a donde él va entre los más desgraciados de este mundo.

I. El poder de la esperanza 1ª Pedro 1:3, 4.    
¿Cómo nos acercamos a este texto de Pedro tan pequeño, pero tan rico en enseñanzas? Tenemos, en primer lugar, que partir del contexto amplio en el cual Pedro se ubica. No es el contexto de la cultura grecorromana sino en el contexto veterotestamentario. Toda la epístola se ilumina por referencias directas e indirectas a la historia de la salvación desde el AT. En segundo lugar, en el contexto de sus lectores, gente creyente desplazada y perseguida. Y finalmente en el contexto del texto inmediato que es precisamente un recordatorio a los lectores como seguidores de Jesús del profundo sentido de su experiencia bautismal que les sirve de consuelo en medio de la persecución.

En la mentalidad grecorromana la esperanza era casi nula porque el ser humano estaba destinado al capricho de los dioses y éstos ni siquiera podían eludir la influencia del destino. Entre la vergüenza, la culpa y la muerte el ser humano no tenía espacio para la esperanza. Así el deseo se convertía en una imposibilidad, una realidad ilusoria. Hoy sabemos que los griegos tenían un concepto fatalista del destino y aceptaban la vida como una repetición cíclica de los acontecimientos que marcaban sus vidas. Para ellos la virtud no era la esperanza sino la ataraxia (ajtaravxia): tranquilidad, imperturbabilidad, calma ante lo inevitable. Calma que caía en una resignación fatalista. Esta mentalidad ha perdurado hasta nuestros días y nos afecta directamente, con el agravante de que se mezcla con la concepción cíclica y fatalista de nuestras herencias indígenas. Con el cristianismo el ser humano se adentra con la esperanza al fondo de sus posibilidades que aún no han madurado completamente, pero que ya están en camino.

El diccionario de la Real Academia Española no nos es de mucha ayuda cuando define la esperanza así: «Conseguir lo que se desea» y «estado de ánimo en el cual se nos presenta como posible lo que se desea». Es decir, que la esperanza que vulgarmente conocemos está íntimamente liada con los deseos individuales, deseos que se pueden alcanzar o no. Deseos que, en la mayoría de los casos, benefician egoístamente al individuo y hay que conseguir no importando los métodos y hasta que el cuerpo aguante. De ahí que digamos: «Mientras hay vida hay esperanza».

Hesíodo, poeta griego del siglo VIII, VII a. C. (más o menos en la época de los profetas Isaías y Miqueas) describe a la primera mujer como creación de los dioses que la formaron con dones buenos y malos, y por eso ella se llamó Pandora (todos los dones). También se la llamó Anesidora (la que otorga dones). Pandora tenía en una caja todos los dones que los dioses le habían dado. Por curiosidad abrió el ánfora (aunque siempre se ha traducido por caja) y todos los dones buenos y malos cayeron a la tierra. Claro no era un hombre, qué raro, tenía que ser la mujer la causante de todos los males de la humanidad. En el fondo del ánfora quedó la esperanza. Quizás por eso decimos: «la esperanza es lo último que se pierde».

Esta idea de unir la esperanza con un deseo personal ha quedado hasta hoy, y en nuestra mentalidad hispana se agrava con esa sensación pesimista, de un destino fatalista: «ese es mi destino».

–Hermano, ¿cómo va la vida?...  –Aquí regularcito. No tan bien que digamos. Pero, qué le vamos hacer, ¡ese es mi destino!
Esas respuestas no me gustan. Otros dicen:
–Aquí en la lucha. Tirando pa’delante como los de Alicante. Así, así.
Mientras hay lucha celebramos la esperanza. Los pobres, los pisoteados luchan. Otros cómodamente aburguesados «sueñan» y hablan del «sueño americano». Nuestra gente no «sueña».  ¡El pueblo oprimido tiene pesadillas y por eso lucha, y mientras lucha hay esperanza y en ella se le va la vida!
Para los romanos la esperanza es ese deseo de algo inalcanzable. Es la búsqueda personal de satisfacciones placenteras y sin mucho costo, de un placer a toda prueba: voluptas, voluptatis. De ahí viene voluptuoso.

A. La esperanza en el contexto del AT.
El AT da la idea de la esperanza a partir de verbos como: esperar, ser fuerte, perseverar, mantenerse, refugiarse, confiar. Dios es la esperanza de los que le siguen. Un elemento importante en la lucha por mantener una esperanza dinámica, objetiva, viva en Yahveh es el esfuerzo de los profetas contra los profetas de la comodidad, la prosperidad, el bienestar a costillas del empobrecimiento del pueblo y la tergiversación del mensaje de Dios. Los profetas del Israel bíblico eran siervos carismáticos, llenos del poder del Espíritu (Amós, Oseas, Isaías, Miqueas) que insistían en sus denuncias contra los líderes políticos y religiosos para que no le quitarán al pueblo la esperanza en Yahveh; que no pusieran su esperanza en carros ni en guerreros sino en Yahveh, por ejemplo: Isa. 31:1-3. Ese sentido de esperar en Yahveh en tiempos difíciles lo vemos también en Habacuc 3:16-19. Otra joya hermosa es la del profeta Miqueas que denuncia la explotación del pueblo, la expropiación de las tierras por los gobernantes de Jerusalén. Miqueas reta al pueblo a poner su confianza, a mantenerse firme en Yahveh: Mi. 7:1-7.

El griego pone el énfasis en el sustantivo esperanza con tonos pesimistas y negativos. La herencia veterotestamentaria es más positiva al poner la confianza en Yahveh. «Dios es mi esperanza» dice el salmista (Sal. 71:1-5). En esta línea Pablo dice igualmente: «Cristo Jesús es nuestra esperanza» (1Ti. 1:1) o «Cristo en ustedes, la esperanza de gloria» (Col. 1:27). Esa esperanza en Yahveh lleva a los fieles a confiar, a depender en las promesas que Dios ha hecho a un pueblo peregrino. Él promete ir y caminar con ellos. Así, promesa y fidelidad consolida esa espera, ese refugio en Yahveh.

B. La esperanza en Pedro
1. Pedro tiene una atención privilegiada por la esperanza. Se ve en 1:3, 13, 21; 3:5, 15 no como deseo o posibilidad, sino como certeza matizada por la realidad de la obra de Cristo e iluminada por la luz del AT. El concepto de «viva», «que continúa viviendo» o «que es viviente» (presente activo de Zavw, záo) es clave en esta epístola (1:3, 23; 2:4, 5, 24; 4:5, 6).

Los destinatarios de esta carta son extranjeros, desplazados, perseguidos, emigrantes pero sobre todo «elegidos» «selectos» con todo lo que elegidos significa desde el trasfondo del AT (como en Col. 3:12 ecclectóis separados, selectos, escogidos, indiscriminados, electos en latín).

2.  La esperanza viviente da sentido a los cristianos: a) en su compromiso, (b) en su bautismo. Todos los versos desde 1:3 hasta 4:11están es este contexto bautismal; y (c) en su condición de personas perseguidas y deshumanizadas, que de nuevo viven su propio éxodo u otro exilio.

3. En la oración principal del v.3 Pedro presenta una eulogía, alabanza, una palabra de encomio al Dios de la esperanza y Padre de Jesucristo. Es como un título que con su verbo tácito nos presenta la oración principal que enlaza los versículos que siguen. La oración siguiente explica quién es Dios: «que nos ha hecho renacidos» (anagennéisas = regenerados, en tiempo pasado, puntual, una vez y para siempre). Estas comunidades son regeneradas (con el prefijo griego aná, re- como el término anabautista). Solo renacen los que están muertos. En Cristo, según Pablo, somos co-crucificados, co-sepultados y co-resucitados (Rom. 6:1ss.). Los renacidos verán el reino de Dios en su apogeo, los nacidos de agua y del Espíritu (Jn. 3:5, diálogo de Jesús con Nicodemo) son las personas que entran en el reinado soberano de Dios.

Nos ha hecho renacer por su abundante gran (magna compasión) misericordia (la motivación) para una esperanza que es viva, que sigue viva  (el propósito) por medio de la resurrección de Jesucristo (el medio) Pablo igualmente asocia el bautismo con la resurrección de Jesucristo (Rom. 6:1-7; Col. 3:1; 2:11 con la circuncisión, y con el vestirse y desvestirse).

Esta esperanza viene del Dios viviente y es creadora de vida. No es una esperanza muerta como la esperanza del mundo, no es una esperanza de un dios muerto, ni está encajonada o escondida, no es una esperanza de un pueblo deprimido, desahuciado, es decir, de un pueblo al que se le ha quitado la confianza, el derecho a ser gente, a tener esperanza. En la línea veterotestamentaria esa esperanza es Dios mismo para su pueblo.

Pedro habla aquí con lenguaje propio del éxodo. Es el consuelo que le da a los cristianos y cristianas del Ponto, Galacia, Capadocia, Asia y Bitinia (hoy Turquía) que seguramente se sentían poca cosa sin tierra, sin familias sin saber dónde ir, perseguidos y desplazados en su propio éxodo, como tantas familias que salen al exilio, caminan su éxodo desde África o Latinoamérica. De ahí que su esperanza sea una herencia. Existe un paralelismo lingüístico y teológico entre esta esperanza y la herencia (término veterotestamentario) con cualidades propias.

 para una herencia indestructible, incorruptible (el propósito) incontaminada inmaculada, intachable inmarchitable, inmarcesible (amárantos = ajonjolí) conservada, preservada, guardada, custodiada como una fortaleza, resguardada en el cielo para ustedes.
    
He aquí las cualidades de esa herencia en  clave veterotestamentaria y que va de la mano, como una sola realidad, de la esperanza que a su vez se traduce en fe como confianza y esa confianza en obediencia. 
Es una esperanza que no se duerme, que está en el camino porque Dios mismo va con su pueblo. Él ha optado para hacer de los desesperados un pueblo esperanzado. Dios se enamoró de ellos. No porque era una gran nación, pero fueron «electos» o «escogidos» cuando estaban próximos a ser exterminados. Así cuando recibieron la «herencia» prometida por Yahveh podían decir: «arameo era mi padre próximo a desaparecer…» (Deut. 7:7; 26:4). Este cariño de Yahveh con la comunidad electa estaba muy claro para los profetas: Os. 11:1ss.; Miq. 6:1ss.; Jer. 2:2; Ez. 16. Por eso serle desleal, infiel era prostituirse y adulterar con otros dioses.

Conclusión:
1.  La esperanza no es esperanza verdadera si olvida y descuida a los demás.
2.  La esperanza fuera de Dios es egoísta, porque se pone el énfasis en las satisfacciones del individuo solamente. Desde la enseñanza petrina lo que importa es el contenido de la espera en el caminar del pueblo peregrino.
3.  La esperanza cristiana es una realidad concreta en la persona de Jesucristo.
4.  La esperanza es un verbo de acción no un sustantivo de lamentación.
5.  El bautismo tiene un sentido profundo a la luz de la experiencia del pueblo perseguido.
6.  Vivimos en esa esperanza en el ya y el todavía no del reinado soberano de Cristo.
7.  Vivimos ya en esa esperanza gloriosa que es Dios mismo que nos da el sentido y poder histórico de pueblo con propósito (2:9,10).
8.  ¿Qué clase de esperanza motiva o potencia nuestra diaconía como siervos y siervas del Dios de la esperanza? ¿Una esperanza realista en la historia de la salvación o una esperanza idealista y escapista?

La esperanza cristiana es diferente a la esperanza secular. La persona no cristiana fundamenta su esperanza en acortar distancias entre lo que desea y los bienes de consumo, es una persona de esperanzas a «corto plazo» las cuales desea, busca, siente satisfacerlas pronto, entre más fácil mejor, y de manera muy egoísta. Esto se identifica fácilmente en esta civilización de consumo y de necesidades inventadas. La persona cristiana vive su fe con ese amor sacrificial potenciada por la esperanza que es Cristo, y así Dios mismo es alabado según 4:7-11.

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